En la práctica judicial, el número suele imponerse: 0,55 g/L, 0,12 g/L, 0,00 g/L.Pero en el análisis pericial, el valor aislado nunca debería ser el punto final de la discusión.La pregunta técnica adecuada debería ser otra:
¿Cómo se obtuvo ese resultado?En controles viales, los etilómetros portátiles —ya sea por tecnología infrarroja o por celda electroquímica— analizan aire espirado.
Se trata de una estimación indirecta de la concentración de alcohol en sangre, basada en un coeficiente teórico de partición aire/sangre.Son herramientas fundamentales para la prevención y el control inmediato, pero su resultado depende de múltiples variables: técnica de soplado, calibración del equipo, condiciones fisiológicas y posibles interferencias.
En cambio, cuando la determinación se realiza en laboratorio mediante cromatografía gaseosa con detector FID (GC-FID) o cromatografía gaseosa acoplada a espectrometría de masas (GC-MS), el escenario cambia significativamente.Aquí se analiza sangre real, se separan físicamente los compuestos presentes y se cuantifica etanol con estándares internos y control de calidad analítico.
La especificidad y reproducibilidad son sustancialmente mayores.La diferencia no es meramente instrumental. Es probatoria.
En un proceso donde el resultado puede generar sanciones administrativas, inhabilitaciones o consecuencias penales, comprender la metodología aplicada no es un tecnicismo: es parte esencial de la valoración científica de la prueba.
Como peritos, abogados o profesionales vinculados al ámbito judicial, tal vez deberíamos incorporar una práctica más rigurosa:No preguntarnos solo cuánto dio, sino qué método respalda ese número y cuál es su margen real de confiabilidad.
Porque en ciencia forense, el método también es prueba.